Promiscuidad textual

Debo aceptar que soy un promiscuo en la lectura, me permito leer incluso lo que no me gusta. No me centro exclusivamente en temas de mi interés, voy desde la ficción, realidad, textos técnicos, educativos, manuales, “Twitter” (y eso ya es mucho qué decir. A veces leo todos los comentarios hasta el final de alguna publicación en Facebook), la revista de sala de espera de consultorio médico, los anuncios de ascensor de conjunto residencial, y hasta los avisos con mala ortografía y diseño de mal gusto cuando paso por Prado Veraniego en Bogotá camino a mi casa. etc.

Refuerzo mi insomnio. En vez de tratar de dormir o de mirar hacia el techo, termino leyendo alguna cosa en “Stumble-Upon, Reddit, Flipboard, Medium” (aplicaciones que tengo en el primer pantallazo de mi celular) o en su defecto, Wikipedia. Cuando llego a un lugar nuevo por instinto busco dónde hay algo que se pueda leer: es como el impulso de un carnívoro hacia su presa, soy como un zombie hambriento de letras, un adicto a los textos, un “text-junkie”.

Al parecer no es una patología sólo visual, de hecho, -creo- que el germen de mi apetito radica en la música. Escuchar una canción no es suficiente, tengo que prestar atención a lo que ésta dice. Hay canciones que terminan gustándome más por lo que dicen que por su ritmo o melodía. Me seducen las palabras, hay algo hipnótico en ellas, puedo ir desde los glifos hasta un simple garabato. Nada raro que uno de mis primeros acercamientos con la música haya sido cuando descubrí los libros que tenía en su biblioteca mi abuelo materno. Todos repletos de partituras. Él los guardaba en un closet y los interpretó en su guitarra, según se cuenta en la familia, en su totalidad, pero yo no fui testigo de eso porque en mi memoria solo está la imagen de un hombre viejo que sufría de una arteriosclerosis que le impidió seguir tocando el instrumento cuando yo apenas tenía cuatro años. Estos libros de música llenos de símbolos me fascinaban, me parecían un lenguaje extraterrestre que no comprendía y jugaba con mi imaginación cuando los espiaba a escondidas. Me inquietaba saber qué era eso que guardaba mi abuelo con tanto recelo y meticulosidad. Hoy poseo gran parte de esos libros y la imagen que puse en el encabezado corresponde a transcripciones que hizo con su puño y letra. Aquí tomé la foto de una página donde se aprecia su firma.

Un juego que en especial me gustaba hacer en casa de mis abuelos era meterme debajo de las camas, porque había muchas, como en toda casa de familia paisa. Me quedaba ahí por largos ratos, boca arriba y retando la claustrofobia, con mi dedo índice seguía las vetas de las tablas de madera que sostenían el colchón, descifrando e imaginando cosas con sus formas, digamos que creando algo que existía en mi mente. Otro juego recurrente era hacer garabatos con una piedra en un barranco de arcilla que había cerca a mi casa en el barrio que viví de niño en Pereira. Rayar las paredes en casa de mi madre, cosa que la hacía enfurecer, así que aparte de mi morbo de leer, desde enano tengo el hábito de escribir, así en ese entonces no fuera precisamente en Castellano.

Entre los primeros comportamientos que se pueden observar con los niños desde muy temprano, cuando comienzan a usar las manos y pueden agarrar con firmeza algo, es intentar frotar lo que tengan en la mano con otra superficie, como recordando al hombre de 30.000 años a.c que comenzó a tallar y pintar las primeras pictografías en las cuevas del occidente de Europa. Hoy he llegado a pensar que esta fijación en todo lo grabado es mi desorden obsesivo compulsivo. Pero es que si hay placer que me satisfaga, es leer, tal vez sentirme inmerso en las palabras de alguien o de algo sea como una inyección de morfina. Quizá lo haga para no sentir el dolor de las cosas rutinarias, y darle la espalda a los momentos fútiles del día (como el insomnio del que hablé en principio, por ejemplo). Gracias a mi déficit de atención, tiendo a escaparme constantemente y cuando lo hago me sumerjo en piscinas cada vez más profundas. Así que no leo porque mi motivación sea aprender algo nuevo, por curiosidad al ver un título sugestivo o porque quiera ampliar mi intelecto. Es más, casi siempre olvido lo que leo, pero a veces mientras tengo una conversación furtiva con alguien, termino escupiendo una sarta de pensamientos, frases e ideas que ni yo sé cómo aparecen pero que terminan sorprendiéndome y luego me hacen preguntar, yo dije eso? O sí, posiblemente sé que yo lo dije, sé que en mi inconsciente ese cúmulo de cosas que creí ignorar luego de leer, en ese momento son expulsadas en impulsos involuntarios que terminan de alguna manera definiéndome, son un mecanismo extraño de defensa.

Entonces he optado por no preocuparme y por retener en su totalidad los textos que leo. Tomo notas mentales y las archivo, me relajo y dejo que el inconsciente y la espontaneidad hagan lo suyo después. Entonces leo. por el simple gusto de leer, la actividad me libera como cuando escribo, compongo o arreglo canciones. A veces escarbo en blogs indiscriminadamente y termino viendo cosas horrendas, que indignan. Luego, en esa navegación, puedo llegar a las más maravillosas, esas que anulan a las primeras y que conservan mi capacidad de sorpresa. Es toda una práctica dentro de muchas otras prácticas. Es la manera con la que ejercito mi ser, es mi forma de meditar. De un polo al otro, de la indignación a la fascinación. De misántropo a la total esperanza, algo extraño, fascinante y extraño como todo el proceso.

La “app” de notas de mi celular está llena de reflexiones, frases, notas, ideas, recordatorios y hasta palabras llanas con sus definiciones (con las que podría armar un glosario de varias páginas). Hay estructuras que me atraen, ciertas formas, simetrías que me cautivan. De allí puede venir mi gusto por la escultura y artes en general, la arquitectura, el diseño, de interiores, industrial, gráfico, en fin. Cosas que llevo a la práctica en mi trabajo cuando esbozo, estructuro, decoro y doy forma a las canciones. He llegado a descubrir esas mismas formas en los textos, y podría usar la misma analogía con mi gusto por otras cosas y por la mujeres por ejemplo. En mi caso no me gustan voluptuosas, sobreactuadas, que se tomen todo personal, poco leídas o mal habladas. Una vieja casi en bola y vulgar no me provoca una erección, es como una palabra mal escrita, intenta ser pero no es. Prefiero el garabato que no tuvo pretensión alguna, me gustan las que en sus formas usan el sentido común, me gustan misteriosas, sarcásticas, osadas, con un buen equilibrio del importaculismo, sofisticadas y como los grandes textos filosóficos con fondo y no fáciles de leer, o más bien que hay que leer despacio y con pausas para ir devanando el contexto. Eso no me quita e implica que en algún momento no me haya leído alguna gaceta de los testigos de jehová, la revista Tv y novelas, y la publicación sobre algún tema de opinión de alguna de esas personas que uno no sabe ni pa’ que las tiene en Facebook, y que hablando en términos de mujeres, termina uno metiendo la pata, o en términos de hombres, el pene. No creo que eso me haga promiscuo, ya me di los golpes necesarios para aprender la lección. Descaches todos en la vida, por ahora creo ser más suceptible con las letras que con las mujeres, más promiscuo.

Tal vez cada texto busque algo de mí, tal vez es un llamado a volver a mi raíz, a eso que soy y aún no sé qué es. Cuando algo nos llama, tratamos de comunicarnos, tal vez por eso recurro a mis primeras anécdotas, al niño, a la esencia del ser, ó quizás solo esté siendo víctima de la pronoia en este momento; tal vez no sé pero tal vez no saberlo es mejor, porque prefiero imaginar que estoy siguiéndome a mí mismo cuando leo, en lugar de sentir que soy una máquina que sigue unas instrucciones y se pierde en en los textos del pasquín de la vida.

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